pronunciada por un filósofo de cien años, al final de un siglo de Utopías. Nada podría parecerse menos a esta cualidad de ver más allá y alrededor de las cosas obvias que la condición del ególatra con el punto sensible en el cerebro. Realmente no veo cómo estos dos caracteres podrían combinarse de manera convincente, excepto de la manera asombrosa en que el credo los combina. Pues hasta que llegamos a la plena aceptación del hecho como un hecho, por muy maravilloso que sea, todas las meras aproximaciones a él se alejan en realidad cada vez más del mismo. La divinidad es lo suficientemente grande como para ser divina; es lo suficientemente grande como para llamarse a sí misma divina. Pero a medida que la humanidad se hace más grande, es cada vez menos probable que lo haga. Dios es Dios, como dicen los musulmanes; pero un gran hombre sabe que no es Dios, y cuanto más grande es, mejor lo sabe. Esa es la paradoja; todo lo que se limita a acercarse a ese punto se está simplemente alejando de él. Sócrates, el hombre más sabio, sabe que no sabe nada. Un lunático puede pensar que es omnisciente, y un necio puede hablar como si lo fuera. Pero Cristo es, en otro sentido, omnisciente si no solo sabe, sino que sabe que sabe.
Aun en el aspecto puramente humano y comprensivo, por lo tanto, el Jesús del Nuevo Testamento me parece que tiene de muchas maneras el cariz de algo sobrehumano; es decir, de algo humano y más que humano. Pero hay otra cualidad que atraviesa todas sus enseñanzas que me parece descuidada en la mayor parte de las charlas modernas sobre ellas en tanto que enseñanzas; y es la persistencia en sugerir que en realidad no ha venido a enseñar. Si hay un incidente en el relato que me afecta personalmente como grandiosa y gloriosamente humano, es el incidente de dar vino para el