ha ocultado este carácter humano en dogmas repelentes y lo ha endurecido con terrores eclesiásticos hasta adquirir un matiz inhumano. Esto es, me atrevo a repetir, casi lo contrario de la verdad. La verdad es que es la imagen de Cristo en las iglesias la que resulta casi enteramente apacible y misericordiosa. Es la imagen de Cristo en los Evangelios la que es unas cuantas cosas más además de eso. La figura de los Evangelios pronuncia ciertamente, con palabras de una belleza casi desgarradora, su piedad por nuestros corazones destrozados. Pero están muy lejos de ser el único tipo de palabras que pronuncia. Sin embargo, son casi el único tipo de palabras que la Iglesia, en su imaginería popular, jamás representa que pronuncia. Esa imaginería popular está inspirada por un instinto popular perfectamente sano. La masa de los pobres está quebrantada, y la masa del pueblo es pobre, y para la masa de la humanidad lo principal es transmitir la convicción de la increíble compasión de Dios. Pero nadie con los ojos abiertos puede dudar de que es principalmente esta idea de compasión la que la maquinaria popular de la Iglesia procura transmitir. La imaginería popular lleva al exceso el sentimiento de «Jesús tierno, manso y humilde». Es lo primero que el forastero siente y critica en una Piedad o en un santuario del Sagrado Corazón. Como digo, aunque el arte pueda ser insuficiente, no estoy seguro de que el instinto sea desacertado. En cualquier caso, hay algo espeluznante, algo que hiela la sangre, en la idea de tener una estatua de Cristo encolerizado. Hay algo insoportable incluso para la imaginación en la idea de doblar la esquina de una calle o salir a los espacios de un mercado para encontrarse con la petrificación paralizante de aquella figura al volverse contra una generación de víboras, o de aquel rostro al mirar el rostro de un hipócrita.
Table of Contents
II. Los enigmas del Evangelio
256