emocionales. Pero los Sabios deben de estar buscando la sabiduría; y para ellos ha de haber también una luz en el intelecto. Y esta es la luz: que el credo católico es católico y que ninguna otra cosa lo es. La filosofía de la Iglesia es universal. La filosofía de los filósofos no era universal. Si Platón, Pitágoras y Aristóteles se hubieran detenido un instante en la luz que emanaba de aquella pequeña cueva, habrían sabido que su propia luz no era universal. De hecho, está lejos de ser seguro que no lo supieran ya. La filosofía también, al igual que la mitología, tenía mucho el aire de una búsqueda. Es la toma de conciencia de esta verdad la que otorga su majestad y misterio tradicionales a las figuras de los Tres Reyes; el descubrimiento de que la religión es más amplia que la filosofía y de que esta es la más amplia de las religiones, contenida dentro de este estrecho espacio. Los Magos contemplaban el extrañísimo pentáculo con el triángulo humano invertido; y jamás han llegado al final de sus cálculos al respecto. Pues la paradoja de aquel grupo en la cueva es que, si bien nuestras emociones al respecto son de una sencillez infantil, nuestros pensamientos sobre ello pueden ramificarse con una complejidad sin fin. Y nunca podremos llegar al término ni siquiera de nuestras propias ideas sobre el niño que era un padre y la madre que era una niña.
Bien podríamos conformarnos con decir que la mitología había venido con los pastores y la filosofía con los filósofos; y que solo les quedaba combinarse en el reconocimiento de la religión. Pero había un tercer elemento que no debe ser ignorado y uno que esa religión jamás se niega a ignorar, en ninguna algarada ni reconciliación. Estaba presente en las escenas primarias del drama aquel Enemigo que había corrompido las leyendas con la lujuria y congelado las teorías en el ateísmo, pero que respondió al desafío directo con algo de ese método más directo que hemos visto en el culto consciente de los demonios.