o una esperanza divina? No pretendo ser imparcial en el sentido de que el acto final de fe fije la mente de un hombre porque satisface su mente. Pero sí confieso ser mucho más imparcial que ellos; en el sentido de que puedo contar la historia con justicia, con una especie de justicia imaginativa hacia todas las partes; y ellos no pueden.
Me declaro imparcial en el sentido de que me daría vergüenza decir semejantes tonterías sobre el lama del Tíbet como las que dicen sobre el papa de Roma, o tener tan poca simpatía por Juliano el Apóstata como la que ellos tienen por la Compañía de Jesús.
No son imparciales; jamás de los jamases mantienen la balanza histórica equilibrada; y, sobre todo, nunca son imparciales en lo que respecta a este punto de la evolución y la transición.
Sugieren por doquier las grises gradaciones del crepúsculo, porque creen que es el crepúsculo de los dioses. Me propongo sostener que, sea o no el crepúsculo de los dioses, no es la plena luz del día de los hombres.
Sostengo que, al ser sacadas a la luz del día, estas dos cosas parecen del todo extrañas y únicas; y que es solo en el falso crepúsculo de un período de transición imaginario donde se puede hacer que se parezcan en lo más mínimo a cualquier otra cosa.
La primera de ellas es la criatura llamada hombre, y la segunda es el hombre llamado Cristo. Por lo tanto, he dividido este libro en dos partes:
- siendo la primera un esbozo de la principal aventura de la raza humana en la medida en que permaneció pagana; y
- siendo la segunda un resumen de la verdadera diferencia aportada al hacerse cristiana.
Ambos motivos exigen un determinado método, un método que no es muy fácil de manejar, y quizás aún menos fácil de definir o defender.