De haber aparecido y desaparecido sin más, posiblemente se la habría recordado o explicado como el último salto del furor de la ilusión, el mito último del estado de ánimo último, en el cual la mente golpeó el cielo y se rompió. Pero la mente no se rompió. Es la única mente que permanece intacta en el derrumbe del mundo. Si fuera un error, parecería que el error difícilmente habría durado un día. Si fuera un mero éxtasis, parecería que tal éxtasis no podría perdurar ni una hora. Ha perdurado durante casi dos años mil; y el mundo en su interior ha sido más lúcido, más sensato, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más humorístico y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo de afuera. Porque fue el alma de la Cristiandad la que brotó del Cristo increíble; y su alma fue el sentido común. Aunque no osáramos mirar Su rostro, podíamos mirar Sus frutos; y por Sus frutos le conoceríamos. Los frutos son sólidos y la frutosidad es mucho más que una metáfora; y en ninguna parte de este mundo triste los muchachos son más felices en los manzanos, ni los hombres cantan en coro más igualitario mientras pisan la vid, que bajo el fulgor fijo de esta iluminación instantánea e intolerante; el relámpago hecho eterno como la luz.
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Conclusión
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