banquete de bodas. Eso es verdaderamente humano en el sentido en que a todo un tropel de pedantes, con apariencia de seres humanos, difícilmente se les puede describir como humanos. Se eleva por encima de todas las personas superiores. Es tan humano como Herrick y tan democrático como Dickens. Pero aun en esa historia hay algo más que tiene ese cariz de cosas no explicadas del todo; y de un modo aquí muy pertinente. Me refiero a la primera vacilación, no por ningún motivo relacionado con la naturaleza del milagro, sino con el de la conveniencia de obrar milagros en absoluto, al menos en esa fase: «Aún no ha llegado mi hora». ¿Qué significaba eso? Al menos significaba ciertamente un plan general o un propósito en la mente, con el cual ciertas cosas encajaban o no. Y si omitimos ese solitario plan estratégico, no solo omitimos el sentido de la historia, sino la historia misma.
A menudo oímos hablar de Jesús de Nazaret como un maestro errante; y hay una verdad fundamental en ese punto de vista, en la medida en que enfatiza una actitud hacia el lujo y la convención que la mayoría de la gente respetable todavía consideraría propia de un vagabundo. Se expresa en su propio y gran dicho sobre las madrigueras de los zorros y los nidos de las aves, y, como muchos de sus grandes dichos, se percibe como menos poderoso de lo que es, debido a la falta de apreciación de esa gran paradoja por la cual habló de su propia humanidad como algo colectiva y representativamente humano; llamándose a sí mismo simplemente el Hijo del Hombre; es decir, en efecto, llamándose a sí mismo simplemente Hombre. Es apropiado que el Hombre Nuevo o el Segundo Adán repita con voz tan resonante y con un gesto tan cautivador el gran hecho que figuraba primero en la historia original: que el hombre difiere de las bestias en todo, incluso en la deficiencia; que es, en cierto sentido, menos normal y aun menos nativo; un extranjero sobre la tierra.