Su dogma, si no se malinterpreta la frase, convierte incluso a Dios en
Que este dogma puramente cristiano se rebelara de hecho por segunda vez contra el Imperio, y de hecho refundiera por segunda vez la Iglesia a pesar del Imperio, es ya de por sí una prueba de que había algo positivo y personal obrando en el mundo, más allá de cualquier fe oficial que el Imperio eligiera adoptar. Este poder destruyó por completo la fe oficial que el Imperio sí adoptó. Siguió su propio camino tal como sigue su propio camino todavía. Hay una infinidad de otros ejemplos en los que se repite exactamente el mismo proceso que hemos examinado en el caso del maniqueo y del arriano. Unos siglos más tarde, por ejemplo, la Iglesia tuvo que defender esa misma Trinidad —que es simplemente el aspecto lógico del amor— frente a una nueva aparición de la deidad aislada y simplificada en la religión del Islam. Aun así, hay quienes no alcanzan a ver por qué luchaban los cruzados; y algunos incluso hablan como si el cristianismo no hubiera sido nunca más que una forma de lo que llaman hebraísmo, surgida con la decadencia del helenismo. Esa gente debe de estar sin duda muy desconcertada por la guerra entre la Media Luna y la Cruz. Si el cristianismo no hubiera sido nunca más que una moralidad más simple barriendo el politeísmo, no hay razón por la cual la Cristiandad no hubiera sido barrida hacia el Islam. La verdad es que el Islam mismo fue una reacción bárbara contra esa misma complejidad humana que constituye verdaderamente un carácter cristiano; esa idea de equilibrio en la deidad, como de equilibrio en la familia, que hace de ese credo una suerte de cordura, y de esa cordura el alma de la civilización. Y es por eso que la Iglesia es desde el principio una entidad que mantiene su propia posición y punto de vista, al margen por completo de los