La respuesta fue Tomás de Aquino en la cátedra de Aristóteles, tomando todo el conocimiento por su dominio; y decenas de miles de muchachos, procedentes de las clases más bajas de campesinos y siervos, viviendo en harapos y a base de mendrugos en torno a los grandes colegios, para escuchar la filosofía escolástica.
¿Cuál era el significado de todo ese susurro de miedo que recorrió Occidente bajo la sombra del islam, y que llena todos los viejos romances con imágenes incongruentes de caballeros sarracenos pavoneándose por Noruega o las Hébridas? ¿Por qué se acusaba a los hombres del extremo occidental, como el rey Juan si mal no recuerdo, de ser secretamente musulmanes, del mismo modo que hoy se acusa a los hombres de ser secretamente ateos? ¿A qué se debía esa feroz alarma entre algunas autoridades respecto a la versión árabe y racionalista de Aristóteles? Rara vez se alarman las autoridades de ese modo, a menos que ya sea demasiado tarde. La respuesta es que cientos de personas probablemente creían en su corazón que el islam conquistaría la Cristiandad; que Averroes era más racional que Anselmo; que la cultura sarracena era realmente, tal como parecía superficialmente, una cultura superior. Aquí también probablemente habríamos encontrado a toda una generación, la generación mayor, muy dudosa, deprimida y cansada. La llegada del islam no habría sido más que la llegada del unitarismo mil años antes de su tiempo. A muchos pudo haberles parecido muy razonable, muy probable y muy propenso a suceder. Si fue así, se habrían sorprendido por lo que en realidad sucedió. Lo que sucedió fue un rugido como de trueno procedente de miles y miles de jóvenes, que arrojaron toda su juventud en un exultante contraataque: las Cruzadas.