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nydus/The Everlasting ManPublic
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V. El hombre y las mitologías

Podría decirse que el Muchacho rezando expresa una necesidad más que satisfacer una necesidad. Es mediante una acción normal y necesaria como sus manos son levantadas; pero no es menos una parábola el hecho de que sus manos estén vacías. Sobre la naturaleza de esa necesidad habrá más que decir; pero en este punto se puede afirmar que tal vez después de todo este verdadero instinto —el de que la oración y el sacrificio son una libertad y una ampliación— remite a esa vasta y medio olvidada concepción de la paternidad universal, que ya hemos visto desvanecerse por todas partes del cielo matutino. Esto es verdad; y sin embargo no es toda la verdad. Queda un instinto indestructible, en el poeta representado por el pagano, de que no se equivoca del todo al localizar a su dios. Es algo en el alma de la poesía, si no de la piedad. Y el mayor de los poetas, cuando definió al poeta, no dijo que este nos diera el universo o lo absoluto o lo infinito; sino, en su propio lenguaje más amplio, una morada local y un nombre. Ningún poeta es meramente un panteísta; aquellos que son considerados más panteístas, como Shelley, comienzan con alguna imagen local y particular como lo hacían los paganos. Después de todo, Shelley escribió sobre la alondra porque era una alondra. No se podría publicar una traducción imperial o internacional de la obra para su uso en Sudáfrica en la que fuera cambiada por un avestruz. Así, la imaginación mitológica se mueve, por decirlo así, en círculos, rondando ya sea para encontrar un lugar o para regresar a él. En una palabra, la mitología es una búsqueda; es algo que combina un deseo recurrente con una duda recurrente, mezclando una sinceridad sumamente ávida en la idea de buscar un lugar con una ligereza de espíritu oscurísima, profunda y misteriosa acerca de todos los lugares encontrados. Hasta aquí pudo conducir la imaginación solitaria, y más adelante debemos volvernos hacia la razón solitaria. En ningún punto de este camino viajaron ambas juntas.

Ahí es donde todas estas cosas se diferenciaban de la religión: en la realidad en que estas diferentes dimensiones confluían en una especie de solidez. Se diferenciaban de la realidad no en su apariencia, sino en lo que eran.

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