Es necesario insistir en esta abstracción en el primer estudiante de las abstracciones. No era tanto antagónico como distraído. Su pasatiempo podía ser el universo; pero al principio el pasatiempo era tan privado como si fuera la numismática o el juego de damas.
Y aun cuando su sabiduría llegó a ser una posesión pública, y casi una institución política, muy raras veces se situó en el mismo plano que las instituciones populares y religiosas. Aristóteles, con su sentido común colosal, fue tal vez el mayor de todos los filósofos; sin duda, el más práctico de todos los filósofos.
Pero Aristóteles no habría situado el Absoluto junto al Apolo de Delfos como una religión similar o rival, de la misma manera que a Arquímedes no se le habría ocurrido erigir la Palanca a modo de ídolo o fetiche para sustituir al Paladio de la ciudad. O bien podríamos imaginar a Euclides construyendo un altar a un triángulo isósceles, u ofreciendo sacrificios al cuadrado de la hipotenusa.
El uno meditaba sobre la metafísica como el otro lo hacía sobre las matemáticas; por amor a la verdad, por curiosidad o por la gracia del asunto. Pero esa clase de gracia jamás parece haber interferido demasiado con la otra clase de gracia; la gracia de bailar o cantar para celebrar algún romance canallesco sobre Zeus convertido en toro o en cisne.
Es tal vez la prueba de cierta superficialidad e incluso insinceridad en el politeísmo popular el hecho de que los hombres pudieran ser filósofos y hasta escépticos sin alterarlo. Esos pensadores podían conmover los fundamentos del mundo sin modificar siquiera el contorno de aquella nube colorida que flotaba sobre él en el aire.