Bajaron el cuerpo de la cruz y uno de los pocos hombres ricos entre los primeros cristianos obtuvo permiso para enterrarlo en un sepulcro excavado en la roca de su jardín; los romanos pusieron una guardia militar por si acaso hubiera algún disturbio e intento de recuperar el cuerpo.
Había una vez más un simbolismo natural en estos acontecimientos naturales; era bueno que la tumba fuera sellada con toda la reserva del antiguo sepulcro oriental y custodiada por la autoridad de los Césares.
Pues en aquella segunda caverna toda aquella gran y gloriosa humanidad que llamamos la antigüedad fue recogida y cubierta; y en aquel lugar fue enterrada. Era el fin de una cosa muy grande llamada historia humana; la historia que era meramente humana. Las mitologías y las filosofías fueron enterradas allí, los dioses y los héroes y los sabios. Según la gran frase romana, habían vivido. Pero como solo podían vivir, así solo podían morir; y estaban muertos.
Al tercer día, los amigos de Cristo, viniendo al amanecer al lugar, encontraron el sepulcro vacío y la piedra retirada.
De diversas maneras comprendieron el nuevo prodigio; pero ni siquiera ellos alcanzaron a comprender que el mundo había muerto en la noche.
Lo que estaban contemplando era el primer día de una nueva creación, con un nuevo cielo y una nueva tierra; y bajo la apariencia del hortelano, Dios volvió a caminar por el jardín, no en la brisa de la tarde, sino en la del alba.