no se había equivocado al ser tan carnal como la Encarnación. Con algo de la antigua voz que se suponía había resonado a través de los bosques, podía exclamar de nuevo: «Hemos visto, él nos ha visto, un dios visible». Así los antiguos pastores habrían podido danzar, y sus pies habrían sido hermosos sobre los montes, regocijándose por encima de los filósofos. Pero los filósofos también habían oído.
Sigue siendo una historia extraña, aunque antigua, cómo salieron de tierras de oriente, coronados con la majestad de reyes y vestidos con algo del misterio de los magos.
Esa verdad que es la tradición los ha recordado prudentemente casi como incógnitas, tan misteriosos como sus nombres misteriosos y melódicos: Melchor, Gaspar, Baltasar.
Pero vino con ellos todo aquel mundo de sabiduría que había observado las estrellas en Caldea y el sol en Persia; y no nos equivocaremos si vemos en ellos la misma curiosidad que mueve a todos los sabios. Representarían el mismo ideal humano si sus nombres hubieran sido en verdad Confucio, Pitágoras o Platón.
Fueron aquellos que no buscaron relatos, sino la verdad de las cosas; y puesto que su sed de verdad era en sí misma una sed de Dios, ellos también han tenido su recompensa. Pero aun para comprender esa recompensa, debemos entender que, tanto para la filosofía como para la mitología, dicha recompensa fue la culminación de lo incompleto.
Tales hombres sabios habrían venido sin duda, como vinieron estos sabios, a verse confirmados en mucho de lo que había de verdadero en sus propias tradiciones y de correcto en su propio raciocinio. Confucio habría hallado un nuevo cimiento para la familia en la mismísima inversión de la Sagrada Familia; Buda habría contemplado