Es verdad que en primavera los pensamientos de un joven cuadrúpedo pueden volverse ligeramente hacia el amor, pero ninguna sucesión de primaveras le ha llevado jamás a volverse, por muy ligeramente que sea, hacia los pensamientos de la literatura. Y del mismo modo, si bien es verdad que un perro tiene sueños, mientras que la mayoría de los demás cuadrúpedos no parecen tener ni eso, hemos esperado mucho tiempo a que el perro desarrolle sus sueños hasta convertirlos en un elaborado sistema de ceremonial religioso. Hemos esperado tanto que en realidad hemos dejado de esperarlo; y no esperamos ver a un perro aplicar sus sueños a la construcción eclesiástica más de lo que esperamos verle examinar sus sueños según las reglas del psicoanálisis.
Es evidente, en suma, que por una u otra razón estas experiencias naturales, e incluso los estímulos naturales, jamás cruzan la línea que los separa de la expresión creativa como el arte y la religión, en ninguna criatura excepto el hombre. Jamás lo hacen, jamás lo han hecho, y según todas las apariencias es hoy muy improbable que jamás lo hagan. No es imposible, en el sentido de contradictorio, que veamos a las vacas ayunar de hierba todos los viernes o arrodillarse como en la antigua leyenda sobre la Nochebuena. No es imposible en ese sentido que las vacas contemplen la muerte hasta poder entonar un sublime salmo de lamentación al son de la tonada de la vieja vaca difunta. No es imposible en ese sentido que expresen sus esperanzas de una carrera celestial mediante un baile simbólico, en honor a la vaca que saltó sobre la luna. Puede que el perro haya acumulado por fin una reserva de sueños suficiente como para permitirle construir un templo a Cerbero a modo de trinidad canina. Puede que sus sueños ya hayan comenzado a convertirse en visiones capaces de expresión verbal, en alguna revelación sobre la Estrella del Perro como hogar espiritual para los perros perdidos.