inhumanidad ha obligado realmente a que el problema económico pase a primer plano. Es inconmensurablemente más cierto para la multitud de campesinos, cazadores o pescadores que constituyen la masa real de la humanidad. Incluso esos pedantes áridos que piensan que la ética depende de la economía deben admitir que la economía depende de la existencia. Y cualquier cantidad de dudas y ensoñaciones normales giran en torno a la existencia; no sobre cómo podemos vivir, sino sobre por qué lo hacemos. Y la prueba de ello es simple; tan simple como el suicidio. Pongan el universo patas arriba en la mente y pondrán patas arriba a todos los economistas políticos con él. Supóngase que un hombre desea morir, y el profesor de economía política se vuelve un tanto molesto con sus explicaciones detalladas sobre cómo va a vivir. Y todas las desviaciones y decisiones que convierten nuestro pasado humano en una historia tienen este carácter de desviar el curso directo de la pura economía. Así como se puede eximir al economista de calcular el futuro salario de un suicida, también se le puede eximir de proporcionar una pensión de vejez a un mártir. Así como no necesita proveer para el futuro de un mártir, tampoco necesita proveer para la familia de un monje. Su plan es modificado en menor y variable medida por el hecho de que un hombre sea un soldado y muera por su propio país, de que un hombre sea un campesino y ame especialmente su propia tierra, de que un hombre esté más o menos afectado por cualquier religión que le prohíba o le permita hacer esto o aquello. Pero todo esto se reduce no a un cálculo económico sobre el sustento, sino a una perspectiva elemental sobre la vida. Todo se reduce a lo que un hombre siente fundamentalmente cuando mira a través de esas extrañas ventanas que llamamos ojos, hacia esa extraña visión que llamamos el mundo.
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VII. La Guerra de los Dioses y los Demonios
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