Se volverán de repente contra la Iglesia y la injuriarán por no haber impedido la guerra, que ellos mismos no quisieron impedir; y que nadie había pretendido jamás poder evitar, salvo algunos miembros de esa misma escuela de escépticos progresistas y cosmopolitas que son los principales enemigos de la Iglesia. Fue el mundo anticlerical y agnstico el que siempre profetizaba la llegada de la paz universal; es ese mundo el que estuvo, o debió estar, desconcertado y confundido por la llegada de la guerra universal. En cuanto a la opinión general de que la Iglesia quedó desacreditada por la guerra, bien podrían decir que el Arca quedó desacreditada por el Diluvio. Cuando el mundo marcha mal, demuestra más bien que la Iglesia tiene razón. La Iglesia se justifica, no porque sus hijos no pequen, sino porque lo hacen.
Pero eso marca su actitud ante toda la tradición religiosa: se encuentran en un estado de reacción contra ella.
Le va bien al muchacho cuando vive en la tierra de su padre; y le va bien otra vez cuando está lo suficientemente lejos de ella como para recordarla y verla como un todo. Pero esta gente ha entrado en un estado intermedio, ha caído en un valle interviniente desde el cual no pueden ver ni las alturas que tienen delante ni las alturas que han dejado atrás.
No pueden salir de la penumbra de la controversia cristiana. No pueden ser cristianos y no pueden dejar de ser anticristianos. Todo su ambiente es el ambiente de una reacción: mal humor, perversidad, mezquina crítica. Todavía viven a la sombra de la fe y han perdido la luz de la fe.
Ahora bien, la mejor relación con nuestro hogar espiritual es estar lo suficientemente cerca como para amarlo. Pero la siguiente mejor opción es estar lo suficientemente lejos como para no odiarlo. Es la tesis de estas páginas que, si bien el mejor juez del cristianismo es un cristiano, el segundo mejor juez sería algo más parecido a un confuciano.