común es reconocer la diferencia entre una nube y una montaña. Y afirmaré que nadie conoce ninguna de estas cosas, en el sentido en que todos conocemos la existencia de las Pirámides de Egipto.
La verdad, puede repetirse, es que lo que realmente vemos, a diferencia de lo que podemos adivinar razonablemente, en esta primera fase de la historia es la oscuridad cubriendo la tierra y una gran oscuridad a los pueblos, con una luz que brilla aquí y allá sobre parches fortuitos de la humanidad; y que dos de esas llamas sí arden sobre dos de esas altas ciudades primitivas: sobre las altas terrazas de Babilonia y las enormes pirámides del Nilo.
Hay en verdad otras luces antiguas, o luces que puede conjeturarse que son muy antiguas, en partes muy remotas de ese vasto desierto de la noche.
Muy lejos, hacia el Este, hay una alta civilización de vasta antigüedad en China; existen los restos de civilizaciones en México y Sudamérica y otros lugares, algunas de ellas aparentemente tan elevadas en su civilización como para haber alcanzado las formas más refinadas de culto al diablo.
Pero la diferencia radica en el elemento de la tradición; la tradición de estas culturas perdidas se ha interrumpido, y aunque la tradición de China aún vive, es dudoso que sepamos algo al respecto.
Además, un hombre que intente medir la antigüedad china tiene que usar las tradiciones chinas de medición; y experimenta la extraña sensación de haber pasado a otro mundo bajo otras leyes de tiempo y espacio. El tiempo se despliega telescópicamente hacia afuera, y los siglos adoptan el movimiento lento y rígido de los eones; el hombre blanco que intenta verlo como lo ve el hombre amarillo, siente como si se le diera vuelta la cabeza y se pregunta con desconcierto si le estará creciendo una coleta.