Ya los alabemos como cosas naturales en el hombre, ya los rechacemos como artificiales en la naturaleza, siguen siendo igualmente únicos.
De esto se da cuenta todo el instinto popular llamado religión, hasta que los pedantes lo perturban, en especial los laboriosos pedantes de la Vida Sencilla. Los más sofistas de todos los sofistas son los gimnosofistas.
No es natural ver al hombre como un producto natural.
No es de sentido común llamar al hombre un objeto común del campo o de la orilla del mar.
No es ver con claridad verlo como un animal. No es cuerdo. Pecaría contra la luz; contra esa plena luz del día de la proporción que es el principio de toda realidad.
Se llega a ello estirando las cosas, armando un caso, seleccionando artificialmente cierta luz y sombra, destacando las cosas menores o inferiores que por casualidad sean similares.
La cosa sólida que se yergue bajo la luz del sol, la cosa por la que podemos caminar alrededor y ver desde todos los lados, es bastante diferente. Es también bastante extraordinaria; y cuantos más lados vemos de ella, más extraordinaria parece. No es, enfáticamente, una cosa que proceda o fluya naturalmente de ninguna otra.
Si imaginamos que una inteligencia inhumana o impersonal hubiera podido percibir desde el principio la naturaleza general del mundo no humano lo suficiente como para ver que las cosas evolucionarían de la manera en que efectivamente evolucionaron, no habría habido absolutamente nada en todo ese mundo natural que preparara a semejante mente para una novedad tan antinatural.