los hombres no tuvieron que esperar al cristianismo para ser hombres, en el sentido pleno de ser héroes. Pero si describimos, por un momento, la atmósfera de lo generoso, lo popular y hasta lo pintoresco, cualquier conocimiento de la naturaleza humana nos dirá que ningún sufrimiento de los hijos de los hombres, ni siquiera de los siervos de Dios, toca la misma fibra que la noción del amo sufriendo en lugar de sus siervos. Y esto nos lo otorga la deidad teológica, y enfáticamente no la científica. Ningún monarca misterioso, oculto en su pabellón estrellado a la retaguardia de la campaña cósmica, se parece en lo más mínimo a esa caballería celestial del Capitán que lleva sus cinco llagas al frente de la batalla.
Lo que el denunciante del dogma en realidad quiere decir no es que el dogma sea malo; sino más bien que el dogma es demasiado bueno para ser verdad. Es decir, quiere decir que el dogma es demasiado liberal para ser probable. El dogma le da al hombre demasiada libertad cuando le permite caer. El dogma le da incluso a Dios demasiada libertad cuando le permite morir. Eso es lo que los escépticos inteligentes deberían decir; y no es en lo más mínimo mi intención negar que hay algo que decir en favor de ello. Quieren decir que el universo es en sí mismo una prisión universal; que la existencia misma es una limitación y un control; y no es en vano que llaman cadena a la causalidad. En una palabra, quieren decir sencillamente que no pueden creer estas cosas; ni mucho menos que sean indignas de ser creídas. Nosotros decimos, no a la ligera sino de manera muy literal, que la verdad nos ha hecho libres. Ellos dicen que nos hace tan libres que no puede ser la verdad. Para ellos, creer en la libertad de la que disfrutamos es como creer en un país de hadas. Es como creer en hombres con alas albergar la fantasía de hombres con voluntad. Es como aceptar una