En la descripción de ese culto a los demonios, de la devoradora execración de la inocencia mostrada en las obras de su brujería y en el más inhumano de sus sacrificios humanos, he dicho menos de su penetración indirecta y secreta en el paganismo más cabal; la saturación de la imaginación mitológica con el sexo; el ascenso del orgullo imperial hasta la locura. Pero tanto la influencia indirecta como la directa se hacen sentir en el drama de Belén. Un gobernante bajo la soberanía romana, probablemente equipado y rodeado del ornamento y el orden romanos aunque de sangre oriental, parece en esa hora haber sentido agitarse en su interior el espíritu de cosas extrañas. Todos conocemos la historia de cómo Herodes, alarmado por algún rumor de un misterioso rival, recordó el gesto salvaje de los déspotas caprichosos de Asia y ordenó una matanza de sospechosos de la nueva generación de la plebe. Todo el mundo conoce la historia; pero tal vez no todo el mundo haya notado su lugar en la historia de las extrañas religiones de los hombres. No todo el mundo ha visto el significado incluso de su propio contraste con las columnas corintias y el pavimento romano de ese mundo conquistado y superficialmente civilizado. Tan solo, a medida que el propósito en su espíritu oscuro comenzó a mostrarse y brillar en los ojos del idumeo, un vidente tal vez habría visto algo parecido a un gran fantasma gris que miraba por encima de su hombro; habría visto detrás de él, llenando la bóveda de la noche y planeando por última vez sobre la historia, ese rostro vasto y temible que era el Moloc de los cartagineses; aguardando su último tributo de un gobernante de las razas de Sem. Los demonios también, en aquella primera fiesta de Navidad, se dieron su banquete a su propia manera.
A menos que comprendamos la presencia de ese Enemigo, no solo no entenderemos el sentido del cristianismo, sino que tampoco entenderemos el sentido de la Navidad.