abajo; fue impuesto desde arriba. Es un ejemplo del poder del poder ejecutivo, especialmente en los estados despóticos. El Imperio era realmente un Imperio; es decir, era realmente gobernado por el Emperador. Dio la casualidad de que uno de los Emperadores se hizo cristiano. Bien podría haberse hecho mitraísta, judío o adorador del fuego; en la decadencia del Imperio era común que personas eminentes y educadas adoptaran estos cultos orientales excéntricos. Pero cuando lo adoptó, se convirtió en la religión oficial del Imperio romano; y cuando se convirtió en la religión oficial del Imperio romano, se volvió tan fuerte, tan universal y tan invencible como el Imperio romano. Solo ha permanecido en el mundo como una reliquia de aquel Imperio; o, como muchos han expresado, no es más que el fantasma del César todavía rondando sobre Roma». Esta es también una postura muy corriente que se adopta en la crítica de la ortodoxia, la de afirmar que fue únicamente el oficialismo lo que hizo que llegara a ser ortodoxia. Y aquí de nuevo podemos recurrir a los heréticos para refutarlo.
Toda la gran historia de la herejía arriana podría haber sido inventada para hacer saltar en pedazos esta idea. Es una historia muy interesante, a menudo repetida en este contexto; y el resultado final es que, en la medida en que existió alguna vez una religión meramente oficial, esta en realidad murió por ser una religión meramente oficial; y lo que la destruyó fue la religión verdadera. Arrio propuso una versión del cristianismo que avanzaba, de manera más o menos vaga, hacia lo que llamaríamos unitarismo; aunque no era lo mismo, pues le otorgaba a Cristo una curiosa posición intermedia entre lo divino y lo humano. El punto es que a muchos les parecía más razonable y menos fanática; y entre ellos se contaba gran parte de la clase educada, en una especie de reacción contra el primer romanticismo de la conversión.