La cueva no era la Cámara de Barba Azul llena con los esqueletos de esposas masacradas; no estaba llena de cráneos femeninos dispuestos en filas y todos agrietados como huevos. Era algo totalmente inconexo, en un sentido u otro, con todas las frases modernas, las implicaciones filosóficas y los rumores literarios que confunden todo el asunto para nosotros.
Y si deseamos ver tal como es en realidad este auténtico destello de la mañana del mundo, será mucho mejor concebir incluso la historia de su descubrimiento como una de esas leyendas de la tierra matutina.
Sería mucho mejor contar el relato de lo que realmente se encontró con tanta sencillez como el relato de los héroes que encuentran el Vellocino de Oro o los Jardines de las Hespérides, si así pudiera escaparse de una niebla de teorías polémicas para entrar en los colores claros y los contornos bien definidos de semejante aurora.
Los viejos poetas épicos al menos sabían cómo contar una historia, posiblemente una milonga, pero nunca una historia retorcida, nunca una historia torturada fuera de su propia forma para encajar en teorías y filosofías inventadas siglos después.
Estaría bien que los investigadores modernos pudieran describir sus descubrimientos con el estilo narrativo plano de los primeros viajeros, y sin ninguna de estas largas palabras alusivas que están llenas de implicaciones y sugerencias irrelevantes.
Entonces podríamos darnos cuenta exactamente de qué es lo que sabemos sobre el hombre de las cavernas, o al menos sobre la caverna.
Un sacerdote y un muchacho entraron hace algún tiempo en una hondonada entre las colinas y pasaron a una especie de túnel subterráneo que conducía a un laberinto de tales corredores de roca sellados y secretos.