o el sol cruzar el cielo de este a oeste con la rapidez de un meteoro. Sin embargo, a su modo de ver, estas cosas eran del todo naturales cuando iban deprisa; y a nuestro modo de ver, son del todo sobrenaturales cuando van despacio. La pregunta definitiva es por qué van siquiera; y cualquiera que entienda realmente esa pregunta sabrá que siempre ha sido y siempre será una pregunta religiosa; o en cualquier caso una pregunta filosófica o metafísica. Y desde luego no pensará que la pregunta queda respondida mediante alguna sustitución de un cambio abrupto por uno gradual; o, en otras palabras, mediante una cuestión meramente relativa de la misma historia alargada o pasada a toda velocidad, como puede hacerse con cualquier historia en el cine girando una
Ahora bien, para estos problemas de la existencia primitiva lo que se necesita es algo más parecido a un espíritu primitivo.
Al evocar esta visión de los primeros tiempos, le pediría al lector que hiciera conmigo una especie de experimento de sencillez. Y por sencillez no me refiero a la estupidez, sino más bien a ese tipo de claridad que ve las cosas como la vida misma en lugar de palabras como la evolución.
Para este propósito sería en realidad mejor hacer girar la manivela de la Máquina del Tiempo un poco más rápido y ver la hierba crecer y los árboles brotar hacia el cielo, si ese experimento pudiera contraer, concentrar y hacer vívido el desenlace de todo el asunto.
Lo que sabemos, en un sentido en el que no sabemos ninguna otra cosa, es que los árboles y la hierba efectivamente crecieron y que una serie de otras cosas extraordinarias de hecho suceden; que extrañas criaturas se sostienen en el aire vacío golpeándolo con abanicos de varias formas fantásticas; que otras extrañas criaturas se orientan vivas bajo el peso de