han hecho más que presenciar lo que los siglos más remotos han presenciado. Y aun el ejemplo moderno no ha hecho sino terminar como terminaron los ejemplos medievales y pre medievales. Ya resulta evidente, y cada vez lo es más, que esto no va a terminar con la desaparición del credo disminuido, sino más bien con el regreso de aquellas partes del mismo que realmente habían desaparecido. Va a terminar como terminó el compromiso arriano, como terminaron los intentos de compromiso con el nominalismo y aun con el albigensianismo. Pero el punto que hay que captar en el caso moderno, como en todos los demás casos, es que lo que regresa no es, en ese sentido, una teología simplificada; ni según ese punto de vista una teología purificada; es simplemente teología. Es ese entusiasmo por los estudios teológicos que caracterizó a las épocas más doctrinales; es la ciencia divina. Un viejo profesor con las siglas D.D. tras su nombre puede haberse convertido en la figura típica de un aburrido; pero eso se debía a que él mismo estaba aburrido de su teología, no a que le entusiasmara. Se debía precisamente a que reconocidamente le interesaba más el latín de Plauto que el latín de Agustín, el griego de Jenofonte que el griego de Crisóstomo. Se debía precisamente a que le interesaba más una tradición muerta que una tradición decididamente viva. En suma, se debía precisamente a que él mismo era un reflejo de la época en que la fe cristiana era débil. No se debía a que los hombres no quisieran aclamar, si pudieran, la maravillosa y casi salvaje visión de un Doctor en Teología.
Hay quienes dicen desear que el cristianismo permanezca como un espíritu. Quieren decir, muy literalmente, que desean que permanezca como un fantasma. Pero no va a permanecer como un fantasma. Lo que sigue a este proceso de aparente muerte no es la persistencia de la sombra; es la resurrección del cuerpo.