propios y definidos de gobierno moral, donde toda lealtad se concibe en términos de moralidad; como cuando decimos que Irlanda es católica o que Nueva Inglaterra fue puritana. El mapa no está dividido en religiones, en el sentido que nosotros damos a las iglesias. El estado de ánimo es mucho más sutil, más relativo, más hermético, más variado y cambiante, como los colores de la serpiente. El musulmán es lo que más se acerca a un cristiano militante; y ello precisamente porque se acerca mucho más a un enviado de la civilización occidental. El musulmán en el corazón de Asia representa casi el alma de Europa. Y así como se interpone entre ellas y Europa en lo que respecta al espacio, también se interpone entre ellas y el cristianismo en lo que respecta al tiempo. En ese sentido, los musulmanes en Asia son meramente como los nestorianos en Asia. El islam, históricamente hablando, es la mayor de las herejías orientales. Debe algo a la individualidad, bastante aislada y única, de Israel; pero debe aún más a Bizancio y al entusiasmo teológico de la Cristiandad. Debe algo incluso a las Cruzadas. No debe absolutamente nada a Asia. No debe nada a la atmósfera del mundo antiguo y tradicional de Asia, con su etiqueta inmemorial y sus filosofías insondables o desconcertantes. Toda esa Asia antigua y real sintió la entrada del islam como algo extraño, occidental y belicoso, que la atravesaba como una lanza.
Aun cuando pudiéramos trazar con líneas de puntos los dominios de las religiones asiáticas, probablemente estaríamos proyectando en ellas algo dogmático y ético perteneciente a nuestra propia religión. Es como si un europeo ignorante del ambiente americano supuesta que cada «estado» era un Estado soberano independiente tan patriótico como Francia o Polonia; o que cuando un yanqui se refería con afecto a su «ciudad natal» quería decir que no tenía otra nación, como un ciudadano de la antigua Atenas o Roma.