Sin embargo, el sentido volverá a pasarse por alto si se supone que se trata de algo tan consciente y vívido como el monoteísmo de Moisés y de su pueblo. No quiero decir que los pueblos paganos se sintieran lo más mínimo abrumados por esta idea meramente porque es abrumadora. Por el contrario, era tan vasta que todos la llevaban con ligereza, como todos llevamos la carga del cielo. Contemplando algún detalle como un pájaro o una nube, todos podemos ignorar su aterrador fondo azul; podemos descuidar el cielo; y precisamente porque se nos viene encima con una fuerza aniquiladora, se siente como si no fuera nada.
Una cosa de esta índole solo puede ser una impresión y una impresión más bien sutil; pero para mí es una impresión muy fuerte producida por la literatura y la religión paganas.
Repito que en nuestro sentido sacramental especial hay, por supuesto, la ausencia de la presencia de Dios. Pero hay en un sentido muy real la presencia de la ausencia de Dios.
La sentimos en la tristeza insondable de la poesía pagana; pues dudo que en toda la maravillosa virilidad de la antigüedad hubiera un hombre que fuera feliz como san Francisco era feliz.
La sentimos en la leyenda de una Edad de Oro y de nuevo en la vaga insinuación de que los dioses mismos están en última instancia relacionados con algo más, incluso cuando ese Dios Desconocido se ha desvanecido en un Hado.
Sobre todo lo sentimos en aquellos momentos inmortales en que la literatura pagana parece retornar a una antigüedad más inocente y hablar con una voz más directa, de modo que ninguna palabra es digna de ella excepto nuestro propio monosílabo monoteísta.