CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Everlasting ManPublic
Página 175 de 374
Table of Contents

VI. Los demonios y los filósofos

Mártir de la Edad Media. Chaucer no hizo sino dar otra versión de una leyenda profundamente nacional inglesa, cuando concibió a la más malvada de todas las brujas posibles como la oscura mujer extranjera que acecha tras su alta celosía y escucha, como el murmullo de un arroyo por la calle empedrada, el canto del pequeño san Hugo.

De cualquier modo, la parte de tales especulaciones que concierne a esta historia se centraba especialmente en torno a aquel extremo oriental del Mediterráneo donde los nómadas se habían convertido gradualmente en comerciantes y habían empezado a comerciar con el mundo entero. En verdad, en el sentido del comercio, los viajes y la expansión colonial, ya poseía algo así como un imperio de todo el mundo. Su tinte púrpura, el emblema de su opulencia y lujo suntuosos, había teñido las mercancías que se vendían muy lejos, entre los últimos riscos de Cornualles, y las velas que adentraban en el silencio de los mares tropicales en medio de todo el misterio de África. Podría decirse con verdad que había pintado el mapa de púrpura. Era ya un éxito a escala mundial, cuando los príncipes de Tiro apenas se habrían tomado la molestia de notar que una de sus princesas se había dignado casarse con el jefe de cierta tribu llamada Judá; cuando los mercaderes de su enclave africano apenas habrían curvado sus labios barbudos y semíticos con una leve sonrisa al mencionar una aldea llamada Roma. Y en verdad dos cosas no podrían haber parecido más distantes la una de la otra, no solo en el espacio sino en el espíritu, que el monoteísmo de la tribu palestina y las mismísimas virtudes de la pequeña república italiana. No había sino una cosa entre ellas; y lo que las dividía las ha unido. Muy variadas e incompatibles eran las cosas que podían ser amadas por los cónsules de Roma y los profetas de Israel; pero coincidían en lo que odiaban.

175