contemplar el sol cegador de una sola divinidad; y no sabían que ellos mismos se habían quedado ciegos. Desde aquel día sus representantes han sido como ciegos a pleno día, dando bastonazos a diestra y siniestra, y maldiciendo la oscuridad. Pero ha habido en su monoteísmo monumental algo que al menos ha permanecido como un monumento, la última cosa de su clase y, en cierto modo, inmóvil en el mundo más inquieto al que no puede satisfacer. Porque es indudable que, por alguna razón, no puede satisfacer. Desde aquel día nunca ha bastado del todo con decir que Dios está en su cielo y que todo va bien en el mundo; desde el rumor de que Dios había abandonado sus cielos para arreglarlo.
Y así como sucedió con estas potencias que eran buenas, o al menos lo habían sido alguna vez, así sucedió con el elemento que tal vez era el mejor, o que el propio Cristo ciertamente parece haber sentido como el mejor. Los pobres a quienes predicaba la buena nueva, la gente sencilla que lo escuchaba con agrado, la plebe que había creado tantos héroes populares y semidioses en el viejo mundo pagano, mostraron también las debilidades que estaban disolviendo el mundo. Padecían los males que a menudo se observan en la turba de la ciudad, y especialmente en la turba de la capital, durante la decadencia de una sociedad. Lo mismo que hace que la población rural viva de la tradición hace que la población urbana viva del rumor. Así como sus mitos, en el mejor de los casos, habían sido irracionales, sus simpatías y antipatías cambian fácilmente por afirmaciones infundadas que son arbitrarias sin ser autoritarias. Un bandido cualquiera fue convertido artificialmente en una figura pintoresca y popular, y lanzado como una especie de candidato contra Cristo. En todo esto reconocemos a la población urbana que conocemos, con sus alarmas y exclusivas de la prensa.