Un ejemplo de la forma en que funciona esta distinción, y un ejemplo esencial para nuestro argumento aquí, es el de la naturaleza y el origen del gobierno.
Ya he aludido al señor H. G. Wells y al Viejo, con quien parece estar en términos tan íntimos.
Si consideramos los fríos hechos de la evidencia prehistórica para este retrato del jefe prehistórico de la tribu, solo podríamos disculparlo diciendo que su brillante y versátil autor simplemente olvidó por un momento que se su supone que estaba escribiendo una historia, y soñó que estaba escribiendo uno de sus propios y maravillosos romances imaginarios.
Al menos no puedo imaginar cómo es posible que sepa que al gobernante prehistórico se le llamaba el Viejo o que la etiqueta de la corte exige que se escriba con iniciales mayúsculas. Dice del mismo potentado: «Nadie tenía permitido tocar su lanza ni sentarse en su asiento».
Tengo dificultad para creer que alguien haya desenterrado una lanza prehistórica con una etiqueta prehistórica que diga «Se ruega a los visitantes no tocar», o un trono completo con la inscripción «Reservado para el Viejo». Pero cabe suponer que el escritor, de quien difícilmente se puede suponer que simplemente esté inventando cosas de su propia cabeza, solo estaba dando por sentado este paralelismo tan dudoso entre el hombre prehistórico y el descivilizado.
Puede ser que en ciertas tribus salvajes al jefe se le llame el Viejo y a nadie se le permita tocar su lanza o sentarse en su asiento. Puede ser que en esos casos esté rodeado de terrores supersticiosos y tradicionales; y puede ser que en esos casos, que yo sepa, sea despótico y tiránico.