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nydus/The Everlasting ManPublic
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IV. The Witness of the Heretics

Los arrianos eran una especie de moderados y una especie de modernistas. Y se consideraba que, tras las primeras rencillas, esta era la forma definitiva de religión racionalizada en la que la civilización bien podría asentarse. Fue aceptada por el propio Divus Caesar y se convirtió en la ortodoxia oficial; los generales y príncipes militares procedentes de los nuevos poderes bárbaros del norte, repletos de futuro, la apoyaron firmemente. Pero la continuación es aún más importante. Exactamente igual que un hombre moderno podría pasar del unitarismo al agnosticismo completo, el mayor de los emperadores arrianos acabó despojándose de la última y más tenue pretensión de cristianismo; abandonó incluso a Arrio y regresó a Apolo. Era un César de los césares; un soldado, un erudito, un hombre de grandes ambiciones e ideales; otro de los reyes filósofos. Le pareció que, a su señal, el sol volvía a salir. Los oráculos comenzaron a hablar como los pájaros que empiezan a cantar al alba; el paganismo volvía a ser él mismo; los dioses regresaban. Parecía el fin de aquel extraño interludio de una superstición ajena. Y en efecto, fue el fin de este, en la medida en que no era más que un mero interludio de una mera superstición. Fue el fin de este, en la medida en que constituía la ocurrencia de un emperador o la moda de una generación. Si verdaderamente hubo algo que comenzó con Constantino, aquello terminó con Juliano.

Pero había algo que no terminaba. Había surgido en aquella hora de la historia, desafiante por encima del tumulto democrático de los concilios de la Iglesia, Atanasio contra el mundo. Podemos detenernos en el punto en cuestión; porque es relevante para toda esta historia religiosa, y el mundo moderno parece perderse el meollo de la cuestión. Podríamos plantearlo de este modo. Si hay una cuestión que los ilustrados y liberales tienen la costumbre de ridiculizar y poner como ejemplo terrible de dogma estéril y absurda lucha sectaria, es esta cuestión atanasiana de la coeternidad del Hijo Divino.

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