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nydus/The Everlasting ManPublic
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VI. Los demonios y los filósofos

que siempre me ha parecido muy extraña. Dijo algo acerca de «sus pecados e hijos dispersos por tierras sin pecado», y de cómo «maldecían el nombre del hombre y maldecían tres veces el nombre de Dios». Puede que sea bastante razonable que dijera que los españoles eran pecadores, pero ¿por qué diablos habría de decir que los sudamericanos no tenían pecado? ¿Por qué habría de suponer que ese continente estaba poblado exclusivamente por arcángeles o santos perfectos en el cielo? Sería mucho decir incluso del vecindario más respetable; pero cuando nos detenemos a pensar en lo que realmente sabemos de esa sociedad, el comentario resulta bastante gracioso. Sabemos que los sacerdotes sin pecado de este pueblo sin pecado adoraban a dioses sin pecado, que aceptaban como néctar y ambrosía de su soleado paraíso nada menos que incesantes sacrificios humanos acompañados de horribles tormentos. Podemos observar también en la mitología de esta civilización americana ese elemento de inversión o violencia contra el instinto sobre el que escribió Dante; que recorre a la inversa en todas partes la religión antinatural de los demonios. Es notable no solo en la ética, sino también en la estética. Un ídolo sudamericano se hacía lo más feo posible, del mismo modo que una imagen griega se hacía lo más hermosa posible. Buscaban el secreto del poder obrando a contrapelo de su propia naturaleza y de la naturaleza de las cosas. Había siempre una especie de anhelo por esculpir al fin, en oro o granito o en la madera rojo oscuro de los bosques, un rostro ante el cual el cielo mismo se quebrara como un espejo roto.

En cualquier caso, resulta bastante evidente que la civilización pintada y dorada de la América tropical se entregaba sistemáticamente al sacrificio humano.

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