Se mueve entre ellas una raza que es, en relación con las demás, una raza de dioses. El hecho no disminuye, sino que se enfatiza, debido a que puede comportarse como una raza de demonios. Su distinción no es una ilusión individual, como un ave que se pavonea con sus propias plumas; es algo sólido y multifacético. Se demuestra en las propias especulaciones que han llevado a que se le niegue. Que los hombres, los dioses de este mundo inferior, estén vinculados a él de diversas maneras es cierto; pero es otro aspecto de esa misma verdad. Que crezcan como crece la hierba y caminen como caminan las bestias es una necesidad secundaria que agudiza la distinción principal. Es como decir que un mago debe tener, después de todo, la apariencia de un hombre; o que ni siquiera las hadas podrían bailar sin pies. Últimamente se ha puesto de moda centrar la mente por completo en estas semejanzas leves y subordinadas, y olvidar por completo el hecho principal. Es costumbre insistir en que el hombre se parece a las demás criaturas. Sí; y ese mismo parecido solo él puede verlo. El pez no rastrea el patrón de la espina en las aves del cielo; ni el elefante y el emú comparan esqueletos. Aun en el sentido en que el hombre es uno con el universo, se trata de una universalidad absolutamente solitaria. La mera sensación de que está unido a todas las cosas basta para separarlo de todas.
Mirando a su alrededor a esta luz única, tan solitario como la llama literal que él solo ha encendido, este semidiós o demonio del mundo visible hace que ese mundo sea visible. Ve a su alrededor un mundo de un cierto estilo o tipo. Parece proceder según ciertas reglas o al menos repeticiones. Ve una arquitectura verde que se edifica sin manos visibles; pero que se edifica siguiendo un plan o patrón muy exacto, como un diseño ya