Las especulaciones científicas de hoy extienden ciertamente un mapa de todo el mundo primitivo, con corrientes de emigración o mezcla racial marcadas por todas partes con líneas de puntos; sobre espacios que el acientífico cartógrafo medieval se habría conformado en llamar «terra incognita», si no hubiera llenado el espacio en blanco con el dibujo de un dragón para indicar la probable acogida que se daría a los peregrinos. Pero estas especulaciones son sólo especulaciones en el mejor de los casos; y en el peor, las líneas de puntos pueden ser mucho más fabulosas que el dragón.
Desgraciadamente hay aquí una falacia en la que es muy fácil caer para los hombres, incluso para los más inteligentes y quizás especialmente para los más imaginativos. Es la falacia de suponer que, porque una idea es mayor en el sentido de más vasta, por lo tanto es mayor en el sentido de más fundamental, fija y cierta. Si un hombre vive solo en una choza de paja en medio del Tíbet, se le puede decir que vive en el Imperio chino; y el Imperio chino es sin duda algo espléndido, espacioso e imponente. O, alternativamente, se le puede decir que vive en el Imperio británico, y quedar debidamente impresionado. Pero lo curioso es que, en ciertos estados mentales, puede sentirse mucho más seguro del Imperio chino, que no puede ver, que de la choza de paja, que sí puede ver. Realiza en su mente un extraño juego de manos mágico, por el cual su argumento empieza con el imperio aunque su experiencia empiece con la choza. A veces enloquece y parece estar demostrando que una choza de paja no puede existir en los dominios del Trono del Dragón; que es imposible que una civilización como la que disfruta contenga una covacha como la que habita. Pero su demencia surge del desliz intelectual de suponer que,