extraño para así dotarlo de significado—, no me rebajaré al otro truco de hacer de ella un planeta pequeño para restarle importancia.
Prefiero insistir en que ni siquiera sabemos que es un planeta en absoluto, en el sentido en que sabemos que es un lugar; y un lugar de lo más extraordinario también. Esa es la nota que deseo pulsar desde el principio, si no de un modo astronómico, al menos de alguna forma más familiar.
Una de mis primeras aventuras, o desaventuras, periodísticas tuvo que ver con un comentario sobre Grant Allen, quien había escrito un libro sobre la Evolución de la idea de Dios (The Evolution of the Idea of God). Se me ocurrió señalar que sería mucho más interesante que Dios escribiera un libro sobre la evolución de la idea de Grant Allen. Y recuerdo que el editor objetó mi observación alegando que era blasfema, lo cual, naturalmente, me divirtió bastante. Pues la gracia del asunto era, por supuesto, que jamás se le ocurrió reparar en el título del propio libro, que verdaderamente era blasfemo; ya que venía a decir, traducido al español: «Voy a mostrarles a ustedes cómo surgió y se desarrolló entre los hombres esta noción absurda de que hay un Dios». Mi comentario era estrictamente piadoso y decoroso; y confesaba el propósito divino incluso en sus manifestaciones más aparentemente oscuras o carentes de sentido.
En esa hora aprendí muchas cosas, entre ellas el hecho de que hay algo puramente acústico en gran parte de esa especie de reverencia agnóstica.
El editor no había captado el punto, porque en el título del libro la palabra larga iba al principio y la palabra corta al final; mientras que en mi comentario la palabra corta iba al principio y le produjo una especie de impacto.
He notado que si pones una palabra como Dios en la misma oración con una palabra como perro, estas palabras abruptas y angulares afectan a la gente como disparos de pistola.