Eran ascéticos porque el ascetismo era la única purga posible para los pecados del mundo; pero en el trueno mismo de sus anatemas afirmaron para siempre que su ascetismo no había de ser antihumano ni antinatural; que sí deseaban purgar el mundo y no destruirlo. Y ninguna otra cosa, salvo esos anatemas, podría haberlo dejado en claro, en medio de una confusión que aún hoy los confunde con sus enemigos mortales. Nada más que el dogma habría podido resistir el motín de invención imaginativa con el que los pesimistas libraban su guerra contra la naturaleza; con sus Eones y su Demiurgo, su extraño Logos y su siniestra Sofía. Si la Iglesia no hubiera insistido en la teología, se habría disuelto en una mitología demencial de los místicos, aún más alejada de la razón o incluso del racionalismo; y, sobre todo, aún más alejada de la vida y del amor a la vida. Recuérdese que habría sido una mitología invertida, una que contradecía todo lo natural en el paganismo; una mitología en la que Plutón estuviera por encima de Júpiter y el Hades pendiera más alto que el Olimpo; en la que
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IV. The Witness of the Heretics
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