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nydus/The Everlasting ManPublic
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VIII. El fin del mundo

sí mismo—. Es verdad que, en cierto sentido, había menos inhumanidad aun en Sodoma y Gomorra que en Tiro y Sidón. Cuando consideramos la guerra de los demonios contra los niños, no podemos comparar ni siquiera la decadencia griega con el culto demoníaco púnico. Pero no es verdad que el sincero revulsivo ante cualquiera de ambos deba ser meramente farisaico. No es verdad para la naturaleza humana ni para el sentido común. Que cualquier muchacho que haya tenido la suerte de crecer sano y sencillo en sus ensoñaciones de amor escuche por primera vez sobre el culto a Ganimedes; no solo se sentirá conmovido, sino asqueado. Y esa primera impresión, como se ha dicho aquí tantas veces sobre las primeras impresiones, será la correcta. Nuestra indiferencia cínica es una ilusión; es la mayor de todas las ilusiones: la ilusión de la familiaridad. Es correcto concebir las virtudes, más o menos rústicas, de la masa de los romanos originales reaccionando ante el mero rumor de aquello, con absoluta espontaneidad y sinceridad. Es correcto considerarlos reaccionando, aunque en menor grado, exactamente igual que lo hicieron frente a la crueldad de Cartago. Debido a que fue en menor grado, no destruyeron Corinto como destruyeron Cartago. Pero si su actitud y su acción fueron más bien destructivas, en ninguno de los dos casos su indignación tuvo que ser una mera falsa piedad que encubriera un mero egoísmo. Y si alguien insiste en que nada pudo haber operado en ambos casos sino razones de estado y conspiraciones comerciales, solo podemos decirle que hay algo que no comprende; algo que posiblemente nunca comprenderá; algo que, hasta que no lo comprenda, jamás comprenderá a los latinos. Eso que hay se llama democracia. Probablemente haya oído la palabra bastantes veces y hasta la haya usado él mismo; pero no tiene la menor idea de lo que significa. A lo largo de toda la historia revolucionaria de Roma hubo un impulso cesante hacia la democracia; el estado y el

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