Parecen olvidar que cada semilla proviene de un árbol, o de algo más grande que ella misma. Ahora bien, hay muy buenos motivos para suponer que la religión no provino originariamente de algún detalle que se olvidó por ser demasiado pequeño para ser rastreado. Mucho más probablemente fue una idea que se abandonó por ser demasiado grande para ser manejada.
Hay muy buenas razones para suponer que muchas personas comenzaron con la idea simple pero abrumadora de un solo Dios que gobierna todo; y que después cayeron en cosas como la adoración de demonios casi como una especie de desenfreno secreto.
Incluso la prueba de las creencias salvajes, de las que los estudiosos del folclore son tan afectos, se descubre a menudo, según se admite, que respalda tal punto de vista. Se descubre que algunos de los salvajes más rudos, primitivos en todos los sentidos en que los antropólogos usan la palabra, los aborígenes australianos por ejemplo, poseen un monoteísmo puro con un alto sentido moral.
Un misionero estaba predicando a una tribu muy salvaje de politeístas, que le habían contado todos sus relatos politeístas, y les hablaba a cambio de la existencia del único Dios bueno que es un espíritu y juzga a los hombres mediante normas espirituales. Y hubo un repentino murmullo de emoción entre aquellos impasibles bárbaros, como ante alguien que estuviera revelando un secreto, y se gritaron unos a otros: «¡Atahocan! ¡Está hablando de Atahocan!».
Probablemente era una cuestión de cortesía y hasta de decencia entre aquellos politeístas no hablar de Atahocan. El nombre tal vez no sea tan apto como algunos de los nuestros para la exhortación religiosa directa y solemne; pero muchas otras fuerzas sociales están siempre encubriendo y confundiendo ideas tan simples.