páginas. El Mediterráneo era un lago en el sentido real de un estanque, en el cual una serie de cultos o culturas diferentes se agrupaban y ponían en común, como suele decirse. Esas ciudades que se miraban las unas a las otras alrededor del círculo del lago se convirtieron cada vez más en una única cultura cosmopolita. En su vertiente jurídica y militar era el Imperio romano; pero tenía muchísimas facetas. Podría llamarse supersticioso en el sentido de que albergaba una gran cantidad de supersticiones variadas, pero de ningún modo se puede calificar de bárbaro a ninguno de sus aspectos.
En este nivel de cultura cosmopolita surgieron la religión cristiana y la Iglesia católica; y todo en la historia sugiere que se experimentó como algo nuevo y extraño. Aquellos que han intentado sugerir que evolucionó a partir de algo mucho más suave u ordinario han descubierto que en este caso su método evolutivo es muy difícil de aplicar. Pueden sugerir que los esenios o los ebionitas o cosas similares fueron la semilla; pero la semilla es invisible; el árbol aparece muy rápidamente en plena madurez; y el árbol es algo totalmente diferente. Cierto es que se trata de un árbol de Navidad en el sentido de que conserva la bondad y la belleza moral de la historia de Belén; pero era tan ritualista como el candelabro de siete brazos, y las velas que portaba eran considerablemente más de las que probablemente permitía el primer libro de oraciones de Eduardo VI. Bien podría preguntarse, en verdad, por qué alguien que acepta la tradición de Belén habría de poner objeciones al adorno de oro o dorado, ya que los propios Magos trajeron oro; por qué habría de disgustarle el incienso en la iglesia, ya que se llevó incienso incluso al establo. Pero estas son controversias que no me conciernen aquí. Me concierne únicamente el hecho histórico, cada vez más admitido por los