de hacer temblar las torres y los palacios desde abajo; incluso tal como Herodes, el gran rey, sintió ese terremoto bajo sus pies y se tambaleó junto con su palacio vacilante.
Ese es tal vez el mayor de los misterios de la cueva. Ya resulta evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra.
Y en esta extraña historia le sigue la idea de un vuelco del cielo. Esa es la paradoja de toda la situación: que en adelante lo más alto solo puede obrar desde abajo. La realeza solo puede retornar a lo suyo mediante una especie de rebelión.
En efecto, la Iglesia desde sus inicios, y quizás especialmente en sus inicios, no era tanto un principado como una revolución contra el príncipe de este mundo. Este sentimiento de que el mundo había sido conquistado por el gran usurpador, y estaba en su poder, ha sido muy lamentado o ridiculizado por aquellos optimistas que identifican la ilustración con la comodidad. Pero fue responsable de toda esa emoción de desafío y de peligro hermoso que hizo que la buena nueva pareciera ser verdaderamente buena y nueva a la vez.
Fue en verdad contra una enorme usurpación inconsciente que levantó una revuelta, y originalmente una revuelta tan oscura. El Olimpo aún ocupaba el cielo como una nube inmóvil esculpida en múltiples formas poderosas; la filosofía aún se sentaba en las alturas y aun en los tronos de los reyes, cuando Cristo nació en la cueva y el cristianismo en las catacumbas.
En ambos casos podemos observar la misma paradoja de la revolución: la sensación de algo despreciado y de algo temido. La cueva, por un lado, no es más que un agujero o un rincón hacia el que los marginados son barridos como si fueran basura; pero, por otro, es el escondite de algo valioso que los tiranos buscan como si fuera un tesoro.