bodega de vinos en Balham (mucho después de que ese suburbio hubiera sido destruido por la ira humana o divina) no probaría que las clases medias victorianas vivieran enteramente bajo tierra. La cueva podría haber tenido un propósito especial como el de la bodega; podría haber sido un santuario religioso, o un refugio en tiempos de guerra, o el lugar de encuentro de una sociedad secreta, o toda suerte de cosas. Pero es muy cierto que su decoración artística tiene mucho más del ambiente de una guardería que de cualquiera de estas pesadillas de furia y miedo anárquicos. Me he figurado a un niño de pie en la cueva; y es fácil imaginar a cualquier niño, ya sea moderno o inconmensurablemente remoto, haciendo un gesto espontáneo como para acariciar a las bestias pintadas en la pared. En ese gesto hay un presagio, como veremos más adelante, de otra caverna y de otro niño.
Pero supongamos que al muchacho no lo hubiera educado un sacerdote, sino un profesor, uno de esos profesores que reducen la relación entre los hombres y las bestias a una mera variación evolutiva.
Supongamos que el muchacho se viera a sí mismo, con la misma sencillez y sinceridad, como un mero Mowgli corriendo con la jauría de la naturaleza y difícilmente distinguible del resto, salvo por una variación relativa y reciente.
¿Cuál sería para él la lección más sencilla de ese extraño libro de imágenes de piedra?
Al fin y al cabo, todo se reduciría a esto: que él había cavado muy hondo y había encontrado el lugar donde un hombre había dibujado un reno. Pero cavaría bastante más hondo antes de encontrar un lugar donde un reno hubiera dibujado un hombre.
Eso parece una perogrullada, pero en este contexto es verdaderamente una verdad inmensa.