el sentido más elevado; y por eso en este apólogo la he visto, en cierto modo, a través de los ojos de un niño. Es el mayor de todos los hechos a los que realmente se enfrenta el muchacho en la caverna; y tal vez sea demasiado grande para ser visto.
Si el muchacho pertenecía al rebaño del sacerdote, puede presumirse que había sido educado en cierta clase de sentido común; ese sentido común que a menudo nos llega en forma de tradición.
En tal caso, simplemente habría reconocido la obra del hombre primitivo como la obra de un hombre, interesante pero en modo alguno increíble por ser primitiva. Habría visto lo que había que ver; y no se habría visto tentado a ver lo que no había, impulsado por ninguna emoción evolutiva o especulación de moda.
Si había oído hablar de tales cosas, admitiría, por supuesto, que las especulaciones podían ser ciertas y no eran incompatibles con los hechos que eran ciertos.
Es posible que el artista tuviera otra faceta en su carácter además de la que ha dejado registrada únicamente en sus obras de arte. Puede que el hombre primitivo sintiera placer al apalear a las mujeres tanto como al dibujar animales; todo lo que podemos decir es que los dibujos registran lo uno pero no lo otro.
Puede ser cierto que cuando el hombre de las cavernas termina de saltar sobre su madre, o sobre su esposa según sea el caso, le encante escuchar el gorgoteo del arroyo, y también observar a los ciervos cuando bajan a beber al arroyo. Estas cosas no son imposibles, pero son irrelevantes.
El sentido común del niño podría limitarse a aprender de los hechos lo que los hechos tienen que enseñar; y las imágenes de la cueva son casi la totalidad de los hechos que existen.