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nydus/The Everlasting ManPublic
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I. El dios en la cueva

Y lo que encontraron era de la misma índole que las cosas que buscaban. El populacho se había equivocado en muchas cosas; pero no se había equivocado al creer que las cosas santas podían tener una morada y que la divinidad no tenía por qué desdeñar los límites del tiempo y del espacio.

Y el bárbaro que concibió la más burda fantasía sobre el sol robado y escondido en una caja, o el más descabellado mito sobre el dios rescatado y su enemigo engañado con una piedra, estaba más cerca del secreto de la cueva y sabía más sobre la crisis del mundo que todos aquellos en el círculo de ciudades alrededor del Mediterráneo que se habían conformado con frías abstracciones o generalizaciones cosmopolitas; que todos aquellos que hilaban hebras cada vez más tenues de pensamiento a partir del trascendentalismo de Platón o el orientalismo de Pitágoras.

El lugar que encontraron los pastores no era una academia ni una república abstracta; no era un lugar de mitos alegorizados, disecados, explicados o restados de explicación. Era un lugar de sueños hechos realidad.

Desde esa hora no se han vuelto a crear mitologías en el mundo. La mitología es una búsqueda.

Todos sabemos que la popular presentación de esta popular historia, en tantísimos autos sacramentales y villancicos, ha conferido a los pastores el atuendo, el lenguaje y el paisaje de los diversos campos ingleses y europeos. Todos sabemos que un pastor hablará con dialecto de Somerset o que otro hablará de llevar sus ovejas de Conway hacia el Clyde. La mayoría de nosotros ya sabe cuán verdadero es ese error, cuán sabio, cuán artístico, cuán intensamente cristiano y católico es ese anacronismo.

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