La historia más extraña del mundo
En el último capítulo he subrayado deliberadamente lo que hoy en día parece ser un aspecto olvidado de la historia del Nuevo Testamento, pero nadie supondrá, imagino, que pretende oscurecer ese otro aspecto que verdaderamente puede llamarse humano. Que Cristo fue y es el más misericordioso de los jueces y el más comprensivo de los amigos es un hecho de bastante más importancia en nuestra vida privada que en las especulaciones históricas de cualquiera.
Pero el propósito de este libro es señalar que algo único ha quedado sepultado bajo generalizaciones baratas; y, a tal fin, resulta pertinente insistir en que incluso lo que era más universal era también más original. Por ejemplo, podríamos tomar un tema que realmente resulta afín al talante moderno, a diferencia de las vocaciones ascéticas a las que acabo de referirme.
La exaltación de la infancia es algo que de verdad comprendemos; pero no era en absoluto algo que entonces se comprendiera en ese sentido. Si quisiéramos un ejemplo de la originalidad del Evangelio, difícilmente podríamos encontrar uno más contundente o sorprendente. Casi dos mil años después, nos encontramos por casualidad en un estado de ánimo que realmente siente el encanto místico del niño; lo expresamos en novelas y nostalgias sobre la infancia, en Peter Pan o en The Child’s Garden of Verses. Y podemos decir de las palabras de Cristo, junto a un anticristiano tan furioso como Swinburne:—