Ante las mismas puertas de la ciudad dorada, Aníbal libró su última batalla por ella y la perdió; y Cartago cayó como nada ha caído desde Satanás. El nombre de la Ciudad Nueva subsiste únicamente como un nombre. No queda ni una sola piedra de ella sobre la arena. Ciertamente se libró otra guerra antes de la destrucción final: pero la destrucción fue definitiva. Solo los hombres que cavaron en sus profundos cimientos siglos después encontraron un montón de cientos de pequeños esqueletos, las sagradas reliquias de esa religión. Porque Cartago cayó por haber sido fiel a su propia filosofía y haber llevado hasta su conclusión lógica su propia visión del universo. Moloch se había comido a sus hijos.
Los dioses habían vuelto a levantarse, y los demonios habían sido derrotados después de todo. Pero habían sido derrotados por los derrotados, y casi derrotados por los muertos. Nadie comprende el romanticismo de Roma, y por qué se alzó después hasta alcanzar un liderazgo representativo que parecía casi fatídico y fundamentalmente natural, si no tiene presente la agonía de horror y humillación a través de la cual ella había seguido dando testimonio de la cordura que es el alma de Europa. Llegó a erigirse solitaria en medio de un imperio porque en otro tiempo había estado solitaria en medio de la ruina y el desierto. Tras aquello, todos los hombres supieron en su fuero interno que ella había sido representante de la humanidad, aun cuando fue rechazada por los hombres. Y cayó sobre ella la sombra de una luz refulgente y todavía invisible, y la carga de las cosas por venir. No nos corresponde a nosotros adivinar de qué manera o en qué momento la misericordia de Dios habría rescatado al mundo en cualquier caso; pero es seguro que la lucha que fundó la Cristiandad habría sido muy diferente de haber existido un imperio de Cartago en lugar de un imperio de Roma. Debemos agradecer la paciencia de las guerras púnicas que, en épocas posteriores, las cosas divinas descendieran al menos sobre las cosas humanas y no sobre las inhumanas.