tal como lo hacen hoy. Cuando el cristianismo resucitó de repente y los derribó, fue casi tan inesperado como Cristo resucitando de entre los muertos. Pero hay muchos otros ejemplos de lo mismo, incluso alrededor de la misma época. La avalancha de misioneros procedentes de Irlanda, por ejemplo, tiene todo el aire de una embestida inesperada de hombres jóvenes sobre un mundo viejo, e incluso sobre una Iglesia que mostraba signos de envejecer. Algunos de ellos fueron martirizados en la costa de Cornualles; y la principal autoridad en antigüedades de Cornualles me dijo que no creía ni por un momento que hubieran sido martirizados por paganos sino (como expresó con cierto humor) «por cristianos más bien flojos».
Ahora bien, si descendiéramos bajo la superficie de la historia, como no entra en el ámbito de este argumento hacerlo, sospecho que hallaríamos varias ocasiones en las que la Cristiandad quedó así, en apariencia, vaciada desde dentro por la duda y la indiferencia, de modo que solo la vieja cáscara cristiana se mantuvo en pie como la cáscara pagana lo había hecho durante tanto tiempo.
Pero la diferencia radica en que, en cada uno de esos casos, los hijos fueron fanáticos de la fe allí donde los padres se habian mostrado negligentes con ella.
- Esto es evidente en el caso de la transición del Renacimiento a la Contrarreforma.
- Es evidente en el caso de la transición del siglo XVIII a los numerosos resurgimientos católicos de nuestra propia época.
Pero sospecho que hay muchos otros ejemplos que merecerían estudios independientes.
La Fe no es una supervivencia. No es como si los druidas hubieran logrado de algún modo sobrevivir en alguna parte durante dos mil años.