tres planos a la vez. No hay nada que requiera el más raro tipo de sabiduría tanto como ver, digamos, que el ciudadano es superior al esclavo y que, sin embargo, el alma es infinitamente superior al ciudadano o a la ciudad. No es de ningún modo una facultad que pertenezca comúnmente a estos simplificadores del Evangelio; aquellos que insisten en lo que llaman una moralidad simple y otros llaman una moralidad sentimental. No queda abarcada en absoluto por aquellos que se contentan con decirle a todo el mundo que permanezca en paz. Por el contrario, hay un ejemplo muy llamativo de ello en la aparente incoherencia entre los dichos de Cristo sobre la paz y sobre la espada. Es precisamente este poder el que percibe que, si bien una buena paz es mejor que una buena guerra, incluso una buena guerra es mejor que una mala paz. Estas comparaciones de alcance lejano no son en ninguna parte tan comunes como en los Evangelios; y para mí sugieren algo muy vasto. Así una cosa solitaria y sólida, con la dimensión añadida de la profundidad o la altura, podría alzarse imponente sobre las criaturas planas que viven solo en un plano.
Esta cualidad de algo que solo puede calificarse de sutil y superior, algo capaz de tener una visión de largo alcance e incluso de dobles sentidos, no se señala aquí meramente como una réplica a las exageraciones vulgares de la amabilidad y el suave idealismo. También debe señalarse en relación con la verdad más tremenda apuntada al final del capítulo anterior. Pues este es precisamente el último carácter que suele acompañar a la mera megalomanía; especialmente a una megalomanía tan empinada y desconcertante como la que podría implicar tal pretensión. Esta cualidad que solo puede llamarse distinción intelectual no es, por supuesto, una prueba de divinidad. Pero sí es la prueba de un probable desagrado por las pretensiones vulgares y vanagloriosas de divinidad. Un hombre de esa índole, si fuera solo un hombre, sería el último en el