No hay nada que indique que sea un producto mejorado de la mera mitología y sí todo lo que demuestra que la precedió. Es adorado por las tribus más sencillas sin rastro de fantasmas, ofrendas funerarias o cualquiera de las complicaciones en las que Herbert Spencer y Grant Allen buscaron el origen de la más simple de todas las ideas. Haya habido lo que haya habido, jamás ha existido algo semejante a la Evolución de la Idea de Dios. La idea fue oculta, evitada, casi olvidada, e incluso desvirtuada con explicaciones; pero jamás evolucionó.
No son pocos los indicios de este cambio en otros lugares. Está implícito, por ejemplo, en el hecho de que incluso el politeísmo suele parecer la combinación de varios monoteísmos.
Un dios obtendrá tan solo un asiento menor en el monte Olimpo, cuando había poseído la tierra, el cielo y todas las estrellas mientras vivía en su propio pequeño valle. Como tantas pequeñas naciones que se disuelven en un gran imperio, renuncia a la universalidad local solo para quedar bajo una limitación universal.
El nombre mismo de Pan sugiere que se convirtió en dios del bosque cuando había sido dios del mundo. El nombre mismo de Júpiter es casi una traducción pagana de las palabras «Padre nuestro que estás en los cielos».
Así como ocurre con el Gran Padre simbolizado por el cielo, lo mismo sucede con la Gran Madre a quien todavía llamamos Madre Tierra.
Deméter, Ceres y Cibeles a menudo parecen ser casi incapaces de asumir por completo el papel de la divinidad, de modo que los hombres no necesitasen ningún otro dios. Parece razonable suponer que bastantes hombres no tuvieron más dioses que uno de estos, adorado como el autor de todo.