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nydus/The Everlasting ManPublic
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II. Los enigmas del Evangelio

las mismas cosas de haber sido un egipcio bajo Tutankamón o un indio bajo Gengis Kan. Pero de esta cuestión general sobre la filosofía del diabolismo o de los milagros divinos me ocupo en otra parte. Basta con decir que los materialistas tienen que demostrar la imposibilidad de los milagros frente al testimonio de toda la humanidad, no frente a los prejuicios de los provincianos del norte de Palestina bajo los primeros emperadores romanos. Lo que tienen que demostrar, para el argumento actual, es la presencia en los Evangelios de esos prejuicios particulares de esos provincianos particulares. Y, humanamente hablando, es sorprendente lo poco que pueden aportar siquiera para comenzar a demostrarlo.

Así ocurre también en este caso del sacramento del matrimonio.

Es posible que no creamos en los sacramentos, como es posible que no creamos en los espíritus, pero resulta bastante evidente que Cristo creía en este sacramento a su manera y no de acuerdo con ninguna usanza actual o contemporánea. Desde luego, no obtuvo su argumento contra el divorcio de la ley mosaica, ni de la ley romana, ni de las costumbres del pueblo palestino.

Para sus críticos de entonces, aquello parecería exactamente lo que parece hoy a sus críticos: un dogma arbitrario y trascendental que no venía de ninguna parte, salvo en el sentido de que procedía de él. No me concierne en absoluto defender aquí dicho dogma; la cuestión es que resulta tan fácil defenderlo hoy como lo era entonces.

Es un ideal completamente ajeno al tiempo; difícil en cualquier época; imposible en ninguna. En otras palabras, si alguien afirma que es lo que cabría esperar de un hombre que anduviera por aquel lugar en aquella época, podemos responder con toda justicia que se asemeja mucho más a lo que podría ser la misteriosa declaración de un ser superior al hombre, si este caminara vivo entre los hombres.

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