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nydus/The Everlasting ManPublic
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V. El hombre y las mitologías

La postura del ídolo podía ser rígida y extraña; pero el gesto del adorador era generoso y hermoso. No solo se sentía más libre al inclinarse; en realidad se sentía más alto al hacer una reverencia. De ahí en adelante, cualquier cosa que le arrebatara el gesto de la adoración lo estropearía y hasta lo mutilaría para siempre. De ahí en adelante, ser meramente secular sería una servidumbre y una inhibición. Si el hombre no puede rezar, está mordaceado; si no puede arrodillarse, está encadenado. Por eso experimentamos a lo largo de todo el paganismo un curioso doble sentimiento de confianza y desconfianza. Cuando el hombre hace el gesto del saludo y del sacrificio, cuando derrama la libación o alza la espada, sabe que está haciendo algo digno y viril. Sabe que está haciendo una de las cosas para las que el hombre fue hecho. Su experimento imaginativo está, por tanto, justificado. Pero precisamente porque comenzó con la imaginación, hay hasta el final algo de burla en ello, y en especial en el objeto de este. Esta burla, en los momentos más intensos del intelecto, se convierte en la ironía casi intolerable de la tragedia griega. Parece haber una desproporción entre el sacerdote y el altar o entre el altar y el dios. El sacerdote parece más solemne y casi más sagrado que el dios. Todo el orden del templo es sólido, sensato y satisfactorio para ciertas partes de nuestra naturaleza; excepto el centro mismo de él, que parece extrañamente mudable y dudoso, como una llama danzante. Es el primer pensamiento en torno al cual se ha construido el conjunto; y el primer pensamiento sigue siendo una fantasía y casi una frivolidad. En ese extraño lugar de encuentro, el hombre parece más estatuario que la estatua. Él mismo puede permanecer eternamente en la actitud noble y natural de la estatua del Muchacho rezando. Pero cualquiera que sea el nombre escrito en el pedestal, ya sea Zeus, Amón o Apolo, el dios a quien adora es Proteo.

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