Eso es lo que podría haber sucedido en Asia o en la antigua Europa, en esa indiferencia o tolerancia en la que las mitologías y las filosofías podían vivir eternamente lado a lado. No ha sobrevivido; ha regresado una y otra vez en este mundo occidental de cambios rápidos y de instituciones perpetuamente perecientes. Europa, en la tradición de Roma, siempre estuvo intentando la revolución y la reconstrucción; reconstruyendo una república universal. Y siempre empezaba rechazando esta piedra vieja y terminaba haciendo de ella la piedra angular; trayéndola de vuelta del basurero para hacer de ella la corona del capitolio. Algunas piedras de Stonehenge están en pie y otras han caído; y tal como cae la piedra, así permanecerá. No ha habido un renacimiento druídico cada siglo o dos, con los jóvenes druidas coronados de muérdago fresco, bailando al sol en la llanura de Salisbury. Stonehenge no ha sido reconstruido en todos los estilos de arquitectura, desde el rudo románico redondo hasta el último rococó del Barroco. El lugar sagrado de los druidas está a salvo del vandalismo de la restauración.
Pero la Iglesia en Occidente no se encontraba en un mundo donde las cosas fueran demasiado viejas para morir; sino en uno en el que siempre eran lo suficientemente jóvenes como para ser aniquiladas. La consecuencia fue que, de forma superficial y externa, a menudo resultaba aniquilada; es más, a veces se desgastaba incluso sin ser aniquilada. Y de ahí se desprende un hecho que me resulta un tanto difícil de describir, pero que considero muy real y bastante importante. Así como un fantasma es la sombra de un hombre y, en ese sentido, la sombra de la vida, de igual modo, a intervalos, cruzaba esta vida sin fin una especie de sombra de la muerte. Llegaba en el momento en que habría perecido de haber sido perecedera. Marchitaba todo lo que era perecedero.