historiadores, de que muy temprano en su historia esta cosa se hizo visible para la civilización de la antigüedad; y de que ya la Iglesia se presentaba como una Iglesia; con todo lo que implica una Iglesia y mucho de lo que desagrada en una Iglesia. Discutiremos en un momento hasta qué punto se parecía a otros misterios rituales, mágicos o ascéticos de su propia época. Desde luego, no se parecía en lo más mínimo a los movimientos meramente éticos e idealistas de nuestra época. Tenía una doctrina; tenía una disciplina; tenía sacramentos; tenía grados de iniciación; admitía a la gente y la expulsaba; afirmaba un dogma con autoridad y repudiaba otro con anatemas. Si todas estas cosas son las marcas del Anticristo, el reinado del Anticristo sobrevino muy rápidamente a Cristo.
Los que sostienen que el cristianismo no fue una Iglesia, sino un movimiento moral de idealistas, se han visto obligados a retrasar cada vez más la época de su perversión o desaparición. Un obispo de Roma escribe reclamando autoridad en la misma época en que vive san Juan Evangelista; y se le describe como la primera agresión papal. Un amigo de los apóstoles escribe acerca de ellos como hombres a quienes conoció, y dice que le enseñaron la doctrina del sacramento; y el señor Wells solo puede musitar que la reacción hacia los ritos de sangre bárbaros pudo haber ocurrido bastante antes de lo cabía esperar. La fecha del cuarto evangelio, que en una época se retrasaba cada vez más, se adelanta ahora cada vez más; hasta que los críticos se quedan perplejos ante la naciente y terrible posibilidad de que sea algo parecido a lo que pretende ser. El último límite de una fecha temprana para la extinción del verdadero cristianismo lo ha hallado probablemente el último profesor alemán cuya